"El diablo a todas horas" de Antonio Campos

Moralidad y religión conviven con la tentación, el deseo y la venganza en esta adaptación de la novela de Donald Ray Pollock que fuera considerada por la revista Lire como la mejor de 2012.

Arvin Russell queda huérfano luego de que la enfermedad, el desconsuelo y la desesperanza se llevaran a su padres. Su camino se cruza con el de Lenora, otra huérfana a quién considera una hermana; el Reverendo Teagardin, guía espiritual de métodos poco ortodoxos, y Sandy y Carl Henderson, una pareja que disfruta de paseos con terceros.

El diablo está a todas horas, en todos los momentos. Desde que empieza, el filme construye una atmósfera, un sentimiento de incomodidad. Algo está mal. Recuerda la hechura de filmes clásicos. Tiene un primer acto que sirve como antecedente, para luego construir y después atar los hilos. Su protagonista, Arvin, interpretado por un Tom Holland que demuestra que hay mucho más atrás del carisma y simpatía que despierta como Peter Parker, aparece después de los primeros 45 minutos. Antes que él, Billy Skargard, quién hace a su padre, sostiene la trama y le da una muy distinta expresión a los ojos que en otro contexto despiertan miedo; aquí está en él. Padre e hijo están unidos por un destino escrito en el eco del tiempo.

Antonio Campos, quién cuenta con un reparto de jóvenes talentos de primera línea (Robert Pattinson, Haley Bennet, Riley Keough, Sebastian Stan, Mia Wasikowska y Eliza Scanlen), maneja con bastante buen tino un material delicado, complejo en su estructura. No tiene miedo de mostrar la crudeza, pero tampoco desesperación por hacerlo. Maneja una delgada línea que es suficiente para permitir que curiosidad, interés e incomodidad convivan adecuadamente. Quizás por ello, el desenlace, aunque puede preverse, no deja de entregar un par de sorpresas y cerrar un círculo que responde a la lógica de la fe.

"El diablo a todas horas", con sus personajes falibles, humanos, que han visto lo peor y de quiénes la desesperanza se ha adueñado, está hecha para dejarse llevar, pensarse y discutirse. Está hecha, como sus personajes de fe, para creer y no poder, para creer y temer.

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