La marcha de los pingüinos

“Hay un ritual misterioso que data de cientos de años. Ninguna criatura ha sobrevivido excepto el pingüino. Tienen alas pero no pueden volar. Son aves que piensan que son peces. Y cada año, se embarcan en una casi imposible travesía para encontrar pareja. Por veinte días y veinte noches los pingüinos emperador marchan a un lugar tan extremo que no soporta otra vida. En el lugar más inhóspito de la Tierra el amor encuentra su camino. Esta es la increíble historia verdadera de amor del viaje de una familia para traer vida al mundo,” narrador.

El documental es un género difícil. Busca retratar un hecho alejándose de la ficción. Regularmente lo consigue sacrificando el ritmo y limitando, por consecuencia, sus posibilidades comerciales. “La marcha de los pingüinos” es un triunfo, en todos los sentidos, del género. Ganadora del Oscar y del Eddie de la American Cinema Editors como Mejor Documental, se ubica como el segundo documental con mejor recaudación (sólo detrás “Fahrenheit 9/11”, 2004) e incluso, había recaudado, para las nominaciones de la Academia, más que todas las candidatas a Mejor Película (incluida “Secreto en la montaña”; 77 vs. 75 millones de dólares).



Cada verano los pingüinos emperador inician una procesión a través de la tundra de la Antártica. En fila recorren kilómetros hasta que llegan a una aislada planicie. Ahí, por medio de sonidos, buscan pareja. Cuando la encuentran hacen un compromiso por un año. El macho viaja por comida. La hembra pone el huevo y entonces es turno del macho de cuidarlo mientras ella se lanza al mar por comida. A su regreso, alimenta a la cría y libera al hambriento macho de su tarea. Es un ejercicio de resistencia tanto para el que debe cuidar al huevo como para el que debe viajar. Ambos enfrentan las condiciones más extremas en el lugar más alejado del planeta. Un fallo puede ponerle fin a una vida y, en consecuencia, a las de aquellos relacionados.


Luc Jaquet teje su relato sobre la línea del amor. Para el francés el sacrificio y la dedicación que los pingüinos ponen en su reproducción es muestra de que ‘el amor encuentra un camino hasta en el lugar más inhóspito del planeta’. Tal vez lo sea, tal vez sea únicamente instinto de supervivencia y ejemplo de un proceso evolutivo. Pero la forma en que Jaquet lo cuenta no deja dudas de ello. Utilizando principalmente la imagen y escasa narración por parte de Morgan Freeman, quien a través de su voz refleja admiración por las aves, “La marcha de los pingüinos” se las ingenia para atrapar al espectador desde el inicio. Bajo las condiciones que el equipo de producción debió compartir con sus ‘actores’, la fotografía y el detalle que se consigue es impresionante. El filme cuenta todo un ciclo, lo hace con inteligencia y gracia, permitiendo vislumbrar la inmensidad del lugar, lo imponente de sus condiciones y la entrega de sus únicos habitantes. El espectador deja de ver pingüinos para simplemente compartir experiencias con otros seres vivos.


“La marcha de los pingüinos” da a sus protagonistas momentos románticos, divertidos, tristes, peligrosos y felices. Se mete en su intimidad donde hasta pareciera que los pingüinos comparten un beso. Es un reflejo de la más grande pureza de la naturaleza, una lección que abre tanto los ojos como el corazón.


La marche de l’empereur

Francia 2005


Director: Luc Jaquet.

Voces: Morgan Freeman.

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