"Todos los días son nuestros" de Catalina Aguilar Mastreta

Lo bailado nadie te lo quita.

Tras años de relación, María y Emiliano terminan su relación. Así, "de la nada", "por nada"... y al mismo tiempo "por todo". La pluma de Catalina Aguilar Mastreta acompaña a María en su duelo, alternando entre anécdotas, recordando el inicio, los pleitos, las alegrías, los absurdos y las cotidianidades; explorando la confusión de sentimientos. Lo hace de una manera tan ligera que pareciera que María platica con el lector. Una manera que revela los entre telones de las relaciones de pareja y una postura sobre el "amor para siempre". Es una lectura muy disfrutable, divertida, melancólica, triste. Es también un homenaje a las historias, en especial a las cinematográficas (María es crítica de cine; Emiliano, director) y un recordatorio del bloqueo o, por lo contrario, del poder catártico, curativo que se tiene al crear.

"Todos los días son nuestros" parecerá una contradicción para una novela que habla sobre un punto final, pero lo es. Y es que precisamente refiere a esa frase sobre la que María pregunta en su infancia y que es hasta la madurez que comprende, "lo bailado nadie te lo quita". Entonces, el punto final se convierte en punto y a parte. El punto comprende que el pasado no desaparece en el presente y tampoco lo hará en el futuro... simplemente ha tomado otro lugar.

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