Ángeles y demonios

“Abran las puertas, y díganle la verdad al mundo,” Cardenal Ventresca

“El código Da Vinci” fue mal recibido por la crítica en su estreno en el Festival de Cannes en 2006. La respuesta del público fue distinta. La película recaudó 750 millones de dólares en taquilla, 77 de ellos el primer fin de semana. Una segunda parte estaba asegurada. “Ángeles y demonios”, basada en la novela homónima de Dan Brown, se convirtió en secuela aun cuando los hechos suceden cronológicamente antes que los de “El código Da Vinci”. La cinta hizo 49 millones en sus primeros días, y aunque su éxito comercial no fue cercano al de su predecesora (se quedó en 486 millones de dólares), el estudio adquirido los derechos de otras dos entregas protagonizadas por el semiólogo. Las ironías no terminan ahí. “El código Da Vinci” es una novela mejor lograda (no por eso material con valor literario); sin embargo, como película, “Ángeles y demonios” es superior.



En esta ocasión Robert Langdon (Tom Hanks) debe ayudar a la Iglesia Católica. El Papa acaba de morir y un cónclave está por celebrarse. Los favoritos han sido secuestrados y morirán públicamente uno cada hora a manos de los Illuminatti, una sociedad secreta que busca vengarse por las antiguas afrentas que sus miembros, científicos principalmente, sufrieron por parte de los herederos de San Pedro. A él se une Vitoria Vetra (Ayelet Zurer), una física, que debe ayudarlo a encontrar un recipiente con antimateria. De no hacerlo antes de la medianoche el material explotará causando la destrucción del Vaticano y todos los que se encuentren en su interior.


“Ángeles y demonios” se sostiene principalmente de la premisa de que religión y ciencia son opuestos. Ron Howard demuestra haber aprendido de sus errores. La primera media hora de la película es un tanto floja y lenta, pero conforme avanza la trama el ritmo mejora. En esta ocasión Howard sí entrega un thriller con ideas. Incluso consigue un buen momento emotivo en el último acto. La historia como tal recae en algunos absurdos y muestra poco desarrollo de los personajes, aunque es eficiente en explicar orígenes y simbologías. Las carencias se deben a que todos los elementos están al servicio de la premisa principal y en esa medida funcionan. “Ángeles y demonios” está hecha como un entretenimiento de verano, no como una contendiente a premios, mucho menos para plantear un verdadero debate sobre el tema.


Tom Hanks se siente más desenvuelto como Langdon. Ayelet Zurer es una buena compañera de aventuras. El que no existan vínculos románticos entre sus personajes es bueno también. Una historia de amor es innecesaria. El mejor personaje lo tiene Ewan McGregor. Como el Camarlengo, McGregor es convincente, conmovedor, inteligente y atrevido. Howard hace bien en apuntar las sospechas en varias direcciones y el trabajo de McGregor redondea el esfuerzo.


Aunque hace un par de acusaciones a la Iglesia Católica, “Ángeles y demonios” es en realidad una película mucho menos atrevida de lo que parece. Es lo apuesto a su predecesora. Es entretenimiento con un par de ideas y conclusiones bastante conservadoras. Es como si los ángeles y demonios hubieran decido convivir en la Tierra... nada más lejano de la realidad, o quizás no, quizás no sea más que un fiel retrato de lo en realidad sucede en todos sus rincones, incluida la casa de Dios.

Angels and Demons

EE.UU. 2008

Director: Ron Howard.

Reparto: Tom Hanks, Ewan McGregor, Ayelet Zurer, Stellan Skarsgard, Armin Mueller-Stahl.

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